Después de ser activado en la compasión por la afrenta que vivía su pueblo, y habiendo aceptado el desafío de hacer algo por ellos, Nehemías busca una roca firme sobre la cual pararse para avanzar en el proyecto de volver a Jerusalén.   

Esa firmeza la encontró en Dios y en sus promesas.  Nada es más fiel, estable y seguro que lo que el Señor dice.  Lo que Él había dicho es absolutamente digno de confianza para Nehemías.  Dios dice, Dios cumple.

Él había dicho que, si pecaban, los dispersaría por los pueblos, y lo cumplió. Pero, también, había prometido que si ellos se volvían a Él, guardaban sus mandamientos, y los obedecían, aunque la dispersión haya sido hasta el extremo del cielo, de allí los recogería y los traería al lugar que Él escogió para hacer habitar Su nombre.

Son fuertes promesas.  Dios no deja sin castigo al malvado y nunca tiene por inocente al culpable.

Pero, también, es grande en misericordia y amor para perdonar la maldad de aquellos que se vuelven arrepentidos hacia Él.  La primera parte se había cumplido al “pie de la letra”.  Ahora, en la segunda parte, se “paró” Nehemías para avanzar en el plan de volver a su tierra.  

No confiemos en nuestras ideas u opiniones.  No confiemos en nuestra capacidad o prudencia.  Siempre confiemos en la fiel opinión de Dios.  Su Palabra es la que permanece para siempre, no la nuestra.  Su Palabra es inerrante y eterna, la nuestra es cambiante y finita.  Su Palabra es la que siempre se cumple.

Para avanzar en la vida y en el propósito de Dios es necesario solo confiar en Él y en sus promesas.  Él y su Palabra son verdaderamente fieles.  Confiar en Él siempre nos garantiza un buen y bendecido final.

 

Buena semana.

Pr. Carlos Nelson Ibarra

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