En los versículos anteriores el Señor dialoga con Isaías y le aclara que desde antes que naciera, Él ya lo había llamado, le había dado nombre, una misión y Su respaldo llamándolo “siervo mío eres”

Ahora está claro que el profeta entendió la razón de su existencia.  Reflexiona, reconoce y expresa que el Señor lo formó en el vientre para que sea Su siervo.  No es Dios el que habla, es él profeta quien expresa convencido lo que Dios ha dicho de él.  Entiende el propósito de Dios.  ¡Está convencido que Dios lo llamo y le dio una misión!

Tiene claro que es siervo de Dios para hacer volver a toda la nación de Israel a Dios, y llegar con la salvación divina a todos los seres humanos.  Obviamente, este pasaje se refiere proféticamente a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el agente supremo de reconciliación, ya que en Él Dios decidió reunir todas las cosas.

Hay un propósito muy claro que el Señor tiene con nosotros.  Es que le sirvamos haciendo volver a la gente a Él.  Pablo lo llama “el ministerio de la reconciliación” (2Co. 5:18-20).  Nuestra tarea es reconciliar a los seres humanos con Dios.  Así como Dios nos reconcilió consigo mismo en Cristo.  

Debemos llevar adelante, y con profunda convicción, este propósito.  No es una tarea fácil, pero, si necesaria a la hora de cumplir con lo establecido por Él.  Crucifiquemos nuestra humanidad caída e intolerante y seamos una amalgama de amor que guíe a las personas para que se reconcilien con Dios.  Uno de los síntomas de estar reconciliados con Él es estar en paz con las personas.  Por eso seamos agentes que lleven la salvación del Señor hasta lo más extremo del mundo.  La palabra que Él nos encargó es: reconciliación.  El amor divino, inmenso y eterno, que nos reconcilió con Él está vigente aún.  ¡¡Somos agentes de reconciliación!!  “Como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.  

 

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