En esta carta, el Señor fue muy claro con su pueblo.  En ese lugar extraño al cual Dios los hizo transportar, tenían que trabajar.  Debían construir sus casas y hacerlas bien porque vivirían en ellas por un tiempo.

También, les hace saber que tenían que producir algo para su sustento.  “Planten huertos”, les dijo.  Ese era una ardua labor: labrar la tierra, regarla, ser paciente esperando su crecimiento y cuando dieran fruto, trabajarlos para producir alimentos.

En el N. T., el apóstol Pablo, le escribe a los tesalonicenses: “el que no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Tes. 3:10).  Durísima palabra para aquellos holgazanes que quieren vivir colgados del trabajo y la ayuda de otros.  ¿No querés trabajar? ¡No comas!  Es muy claro.  

Hay que trabajar primero para disfrutar de los frutos.  Solo trabajando ganamos el derecho de disfrutar de los beneficios.  Según Dios, no hay otra forma.  Tristemente, mucha gente se esconde en el “beneficio de un plan” para no trabajar.  Esa es una conducta equivocada y lejana a lo que Dios plantea en las Escrituras.

Dios quiere que seamos gente de trabajo, no de “planes”.  La ayuda debe ser por un tiempo, nunca nuestro estilo de vida.  El verdadero cristiano trabaja, produce y tiene para compartir.  Comparte aquello con lo cual Dios lo ha bendecido y prosperado para no ser gravoso a otros (2 Tes. 3:6-13).  

Dios quiere que trabajemos por nuestra casa —nuestra familia— y que también produzcamos mínimamente lo que vamos a consumir.  La Escritura dice: “Edifiquen casas y habítenlas.  Planten huertos y coman del fruto de ellos”.

 

Pr. Carlos Nelson Ibarra

 

Devocionales anteriores