Pablo, hace saber que la muerte ya no tiene poder y que el sepulcro nunca podrá retener a los que creen, porque “gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:55-57).

Por esta causa, debemos estar firmes y constantes.  La obra del Señor siempre crece en nosotros y a través de nosotros.  Él nos hace crecer cada día y nos usa para que otros crezcan también. A pesar de nuestros pecados y errores, Su obra sigue adelante, pues no es nuestra y tampoco depende de nosotros.  Él comenzó una buena obra en nosotros y la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil. 1:6).

Nada nace grande y maduro.  La naturaleza nos muestra eso.  Un árbol no nace alto y frondoso, un animal no nace robusto e independiente y, por supuesto, un ser humano tampoco nace así.

De igual manera, un hijo de Dios nunca nace crecido y maduro, y un discípulo de Cristo tampoco nace firme y constante.  Pero, la obra del Señor nunca se detiene, siempre crece.

Al mirar demasiado cerca en el tiempo, no percibimos su avance.  Sin embargo, si nos paramos a la distancia, vemos que sí avanzó.  Nos damos cuenta de que no somos los mismos de hace diez años.  No somos los mismos de hace un año.  No somos los mismos de hace seis meses.  Es más, no somos los mismos que éramos ayer.  Su misericordia nueva de cada mañana hace que hoy seamos un poquito mejores discípulos que ayer.  Aunque nos cueste verlo, así es.

Saber que Su obra siempre está creciendo, nos da certeza de que ningún trabajo (servicio) hecho en el Señor, es en vano.  Nada que hagamos, en Él, queda sin efecto en otros.  Su obra siempre crece en nosotros y también lo hace a través de nosotros.  Todo lo que hacemos, en Él, tiene un sentido de propósito divino en otros también.

 

Pr. Carlos Nelson Ibarra

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