El último mes del año suele ser agotador.  Viene cargado con múltiples actividades sociales.  Cenas y despedidas de diferente tipo y con diferentes personas son muy comunes.  Las expectativas de las fiestas de fin de año, nos cargan de ansiedad.  Esa ansiedad presiona nuestra alma y lleva a ciertos límites nuestro estado de ánimo.  Nos preguntamos: ¿Con quién vamos a pasar las fiestas? ¿Qué comeremos? ¿A quién invitaremos? ¿Vendrán todos?

Nos sentimos obligados a armar una especie de fixture de familiares, y lugares a tener en cuenta para no fallarle a nadie.   Parece que todo terminará el día 31 de Diciembre.  Sentimos la presión impuesta de a hacer todo bien para no ofender a ninguno.

Una vez más y como siempre la sabiduría de la Palabra debe inspirarnos para ganarle a la ansiedad.  Debemos echar (depositar) nuestras ansiedades sobre Él, pues Él tiene cuidado de nosotros.

La ansiedad es síntoma de falta de humillación.  Si estamos ansiosos es porque nos falta estar más humillados delante del Señor.  Es síntoma que no confiamos tanto en Él como decimos.  

La fe se debilita y vemos todo lo que nos falta o todo lo que tenemos por hacer.  Nuestra visión se nubla y perdemos el enfoque de un Dios bueno y soberano.  Perdemos el foco de un Dios que quiere y puede llevar nuestras cargas.  

Es un Dios que nos ofrece Su descanso.  Ofrece llevarnos en sus brazos para que nuestros pies no tropiecen.  Se ofrece como cuidador confiable y verás.  Nos impulsa a mantenernos firmes ante las acechanzas del Diablo y nos promete un final de perfección, firmeza, fortaleza y establecimiento victorioso.

Bendigo tu vida en el nombre de Jesús para que la ansiedad no te gane.  Échala sobre Él.  

¡¡Él tiene cuidado de vos!!

 

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