"¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?"

La época del profeta Jeremías fue la más nefasta del Reino de Judá.  Era el momento en que fueron conquistados y llevados cautivos a Babilonia.

Fue un momento de grandes mentiras del liderazgo espiritual de la nación.  Los profetas, las personas que tenían la responsabilidad de hablar palabra de Dios, hablaban según sus deseos.  No tenían intimidad con el Señor y solo brindaban palabra de ánimo a los oyentes.  Decían que Dios no iba a permitir que les hagan mal. Que no se preocupen, que volverían pronto.

Dios nunca quiere el castigo doloroso para sus hijos.  Pero hablar sólo de las victorias que Él puede darnos, sin comunicar la responsabilidad de obedecer, es estafar a los oyentes.  Es truncarle la posibilidad de que se puedan volver de todo corazón al Señor.

La Palabra de Dios es como fuego.  ¡Quema!  ¡Purifica!

El fuego en la antigüedad era usado para purificar metales.  Tratarlos, moldearlos, etc.  Lo mismo hace Su Palabra en nosotros, nos purifica, nos trata (ejerce el tratamiento que necesitamos), nos moldea a la imagen de Jesucristo.

La Palabra es como martillo que quebranta la piedra.  ¡Rompe las durezas!  Destroza la rigidez de nuestro interior.  El martillo era para romper rocas que luego se usan en la construcción.  Algunos artistas quebrantaban la piedra tallando en ella imágenes.

La Palabra es como un martillo para nosotros.  Golpea con firmeza y rompe las durezas de nuestro corazón.  Golpea el alma con sus conceptos eternos y quebranta nuestros pensamientos.  ¡¡Nos rompe la cabeza!!  

Con duros golpes a nuestro intelecto, destroza nuestra sabiduría y nos hace ver lo necio que somos.  Talla en nosotros mansedumbre y humildad.

La Palabra quema.  La Palabra quebranta.  Purifica.  Golpea.

Nos hacernos mejores… aunque su trato no siempre nos guste.  

 

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