“Así que nosotros que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente”

Una de las primeras cosas que se les enseña a los niños desde chiquitos es a ser agradecidos, como parte de buenos modales de respeto y educación. Sin embargo, la palabra nos lleva más allá de un gesto de amabilidad puntual cuando recibimos algo. La gratitud es una actitud constante que nace de una condición: soy hijo de Dios.

La gratitud se origina como una respuesta al haber conocido y experimentado la gracia de Dios que me salvó, que hizo nueva todas las cosas y me entregó una vida plena. Es la consecuencia de vivir y caminar en la misericordia de Dios. Entender el valor de vivir en gratitud me lleva a ser agradecido todo el tiempo, no porque todo esté resuelto sino porque sé cuál es mi fuente. 

En el reino de Dios el sentido de la gratitud no implica solo el hecho de agradecer por haber recibido algo específico, eso es solo una parte. La gratitud va mucho más allá, es caminar todo el tiempo sabiendo que porto a alguien dentro mío que suple, satisface y completa todo. Es saber que tengo a Jesús, mejor dicho, que él me tiene a mí.

De esta manera, ya no dependo de situaciones “buenas” para demostrar gratitud; sino que es la gratitud la que me inspira a vivir una vida de adoración que agrada a Dios en cualquier temporada. La gratitud debería ser un clima permanente en el que vivo, es un estado del corazón que surge del entendimiento inconmovible de que soy hijo de Dios. ¡Sumate a todos aquellos que vivimos agradecidos más allá de lo que nos toque atravesar hoy!

 

Dios te bendice.

Pr. Matias Cortez.

 

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