Muchas veces nos preguntamos ¿qué quiere Dios conmigo?

Es una pregunta noble que manifiesta nuestra intención de ser alguien para Dios.  Un pregunta que muestra el interés de querer ser usados por Él.

En este versículo, Isaías, nos hace saber que somos Su propiedad, “mi siervo eres”.  Eso nos da sentido de pertenencia divina.  Nos hace sentir parte de Su familia.  Nos hace parte de la casa de Dios.

En la antigüedad el siervo era alguien que pertenecía a la casa.  Era una persona cuya identidad tenía valor por quien era su amo, no por sus aptitudes o méritos personales.  Cuando el amo decía: este es mi siervo, mostraba su respaldo y le daba garantías totales.  Mostraba que estaba allí y hacia lo que hacía porque el amo lo reconocía como propiedad suya.

Nosotros somos siervos de Dios.  La reputación de nuestro amo es santa, justa, amorosa y de eterna fidelidad.   Que Él nos diga “mi siervo eres” debe generar en nosotros un eterno sentido de gratitud, pues Él nos considera de Su propiedad y nos garantiza Su respaldo.  Muestra que estamos donde estamos y hacemos lo que hacemos porque somos suyos.  Nada de lo que vive un verdadero siervo de Dios está fuera de Su soberanía.

Su propósito eterno fue, es y será el mismo.  ¡¡Glorificarse en nosotros!!

Él es un Dios de gloria que quiere mostrarse en nosotros y a través de nosotros.

Esa gloria que el Padre le dio al Hijo, es la misma que Jesús nos dio a nosotros.

Hoy Dios te dice: “mi siervo eres… porque en ti me gloriaré”.   

¡¡Vienen tiempos en los que Dios se gloriará en vos!!

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