La Congregación de Corinto era tan mala cuando se reunía a ser Iglesia, que Pablo tuvo que darle instrucciones claras de cómo cenar para que esas reuniones no resultasen en condenación.

La discordia era el resultado de una espiritualidad egocéntrica: cuando la Iglesia se reunía, se llevaba a cabo una comida compartida que se suponía, valga la redundancia, sería compartida por todos. Lo que sucedía, en realidad, era que los ricos (que generalmente traían la mayor parte de la comida) comían primero, bebían demasiado vino (lo que resultaba en embriaguez), y dejaban simples sobras para los pobres.

La costumbre de que los ricos coman primero era parte de la cultura Corintia y, claramente, se oponía a la cultura cristiana. Este es un ejemplo del mundo influyendo en la Iglesia, en lugar de que la Iglesia influya en el mundo.

Lo que Pablo exhorta a los Corintios parece ser el remedio a los síntomas de egoísmo que veía en la Iglesia, y en el versículo 33 expresa “Así que, hermanos míos, cuando se reúnan para comer, espérense unos a otros” (NVI). Si podemos entender lo que el Apóstol estaba pidiendo, en resumidas cuentas, era que SE AMEN. Pablo tenía un corazón totalmente entregado en el servicio al otro y lo podemos ver a lo largo de su ministerio como Apóstol. Él conocía la clave, el combustible, lo que movía su corazón a servir con una pasión genuina y determinada: El amor a Dios, primeramente, y el amor por las personas que Jesús amaba.

Lo que hará que en nuestro corazón haya sed de servir a los demás no será la decisión de adquirir un hábito saludable por el otro, sino que aprendamos del amor extravagante que el Padre tiene por nosotros, por vos y por mí, y pidamos amar con ese mismo amor. ¿A quiénes?, ¿Sólo a nuestros hermanos en la fe? Claro que no, releamos Juan 3:16.

Dios ama a las personas, los que fuimos reconciliados con Él a través de la fe en Jesucristo, y las que no han sido redimidas todavía y, como Iglesia madura, ese es el mensaje que debemos dar.

Debemos aprender a compartir lo mejor que tenemos con nuestros hermanos, hay que recordar que no estamos en la Iglesia para mirarnos las caras, sino para servir a otros y ministrarlos. Y, como Iglesia, asegurarnos de que los socialmente marginados y oprimidos encuentren su lugar en la mesa del Señor. Con ese amor influiremos en el mundo, un mundo quebrado y desesperanzado que necesita, desesperadamente, volverse a Dios.

Sil Leal – Red de Jóvenes.

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