El Dios eterno sabía que entre sus hijos habría discordias.   Nosotros sabemos que sucede más seguido de lo que pensamos.  La resolución del asunto siempre tiene que ser con la paciencia, mansedumbre y humildad que brotan del amor.

En una discordia hay dos partes:  Por un lado tenemos la persona que ofende.  Por el otro la persona que se siente ofendida.  Cada uno de ellos tiene su responsabilidad delante del Señor.

En el primer caso, la persona que ofende, debe pedir perdón por la ofensa cometida con toda sinceridad y humildad.  Con esa expresión de amor es el Señor el que restaura la relación.

En segundo lugar, está quien ha sido ofendido.  En este caso su responsabilidad es perdonar al ofensor.  Le pidan perdón o no, es necesario que el ofendido decida perdonar y pasar por alto la ofensa.  Pr. 19:11

Lo ideal es que las dos personas deben cumplir con la responsabilidad que Dios les ha dado.  El ofensor viene con un espíritu sincero, humilde y amoroso a pedir perdón; y el ofendido lo recibe con un espíritu manso, amoroso y perdonador; pasando por alto la ofensa.  

Eso desata una profunda y gran restauración en la vida de ambos, sana las dolencias del corazón y sobre todo trae alegría a nuestro Señor al ver que sus hijos cumplen con su Palabra.

El que sabe que ofendió, con humildad pida perdón.

El que ha sido ofendido, con mansedumbre perdone.

De esta forma vamos a alegrar el corazón de Dios, nuestro Gran Padre Perdonador.  Aquel en el cual decimos creer y adorar.  Aquel que nos ha regalado la esperanza de una vida plena y abundante por la eternidad.  Aquel que perdonó todos nuestros pecados.

 

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